
Era una tarde tranquila en el zoologico de la imponente bs as, toxica ciudad sin identidad,
los animales pudriendose lentamente, rodeados de zombis, burgueses ignorantes, fascistas insensibles enseñando asus hijos ch¡llones a perturbar las mentes de los animales, todos abstraidos en si mismos. Era martes, pero como eran vacaciones la gente se aglomeraba como cerdos en torno a la basura frente a las jaulas reducidas, viejas, producto de una mentalidad retrograda, imbecil, comercial, infrahumana.
En medio de la gente caminaba, apasible, la Baronesa. Con su larga gabardina negra y una bolsa de cuero. Le gustaba llamar la atención, avanzando entre la gente como dueña del lugar, sus botas de combate listas para.... la guerra.
Caminó un momento entre la basura del piso y el ruido infernal de personas incultas que se comportaban como bestias ante los animales asfixiados. Por suerte no hacía calor.
La Baronesa abrió los ojos para mirar y absorver toda la rabia que le provocaba semejante espectáculo, invisible para cualquier otro mortal idiotizado, histérico; había algo de infradotado en sus miradas, ninguno se salvaba. Ni los viejos ni los niños.
Hizo un par de preguntas a los ciudadores, los cuales balbuceaban sin saber muy bien qué responder. La Baronesa dejó que el odio invocara su lado mas oscuro y divertido, con su sombra bajo su control, podía ser usada a voluntad. Solo se estaba cargando de energía.
Daban las cinco de la tarde.... había demasiada gente.... y empezó.
Lo primero que hizo fue entrar a los baños para prepararse. Nadie la había revisado al entrar... Fue un momento de soledad. De silencio.
Salió del baño. Caminó un poco mas.
Y sacó la metralleta. Una semiautomática. Una belleza.
Y disparó. Apuntó al centro de los cuerpos, indiscriminadamente y a sangre fría hombres, mujeres y niños que frente a ella no no pudieron reaccionar ni ante el sonido del arma. La gente empezó a gritar y a correr, chocandose entre sí y cayendo al suelo. La Baronesa no dejó de apretar el gatillo. Una sonrisa torcida se dibujó en su cara mientras avanzaba. Del bolso de cuero sacó una granada de mano, la activó arrancando con los dientes el seguro y la tiró al ojo del torbellino de gente que luchaba por huir a través de la pequeña puerta del reptiliario.
Otra granada cayó dentro del patio de comidas del lugar, pedazos de personas salieron volando por los techos. Piernas, manos todavía aferradas a sus vasos de coca cola.
La Baronesa empezó a reir. Al principio se le escapó la risa, pero la dejó fluir hasta convertirla en una carcajada extraña y poderosa. Varias granadas cayeron en las jaulas felinas y en la del oso polar... ella sabía que la muerte sería un alivio para ellos, una muerte rápida.
La Baronesa avanzó tranquila y cayó de pronto al piso, un golpe muy doloroso le había tumnabdo por la espalda. Enseguida se levantó y arremetió contra el guardia que le había disparado. La Baronesa llevaba un chaleco anti balas.
Las masas de gente caían al piso con los miembros reventados. Algunos se arrastraban, desangrandose patéticos. La Baronesa los dejó arrastrarse. Escuchó sirenas acercarse a lo lejos.
Lanzó las últimas granadas en ciertos edificios donde mantenían a los monos aislados y deprimidos, sin ver la luz del sol. La Santa Muerte sería como agua fría en sus gargantas tras estos largos años de tortuoso calvario para la diversión de la especie mas ruin y corrupta del planeta. Odió toda su vida reconocer en ella los rasgos de la inmunda humanidad, pero los absorvió, dejó que la putrefacción se quedara en el huevo negro de su pecho. Tambien le pertenecían.
"Los amo con una fuerza devoradora, los amo casi tanto como los odio."
El zoológico desierto. Habían cuerpos regados por el lugar. Algunas personas habían saltado desesperadas dentro de algunas jaulas y los propios animales los habían asesinado. A sangre fría, como la Baronesa.
Se imaginó por un momento, en medio de la calma repentina de La Muerte haciendose presente, solemne, cómo sería salir rodeada de los tigres y felinos que la escoltaran lejos de la ley.... sonrió.
Los felinos, especialmente los pequeños, estaban por fin en paz. La gente asquerosa que los atormentaba estaba por fin en le infierno. La Baronsea sonrió, y se disparó dentro de la boca.
hay una niña que se esconde en un
sótano frío,
debajo de la escalera.
afuera siguen cayendo las bombas de fuego,
los gritos,
afuera.
la niña asustada
se tapa los oidos con las manos,
cierra los ojos,
la niña se queda atrapada
en la eternidad del tiempo.
hay un preso, que se abraza,
apretando en una celda,
una luz despiadada,
encendida bajo la tierra,
el preso se acuerda,
el preso ya no existe,
llorando, apretando en la esquina del cuarto,
la espera.
hay un perdido en la selva,
un esclavo del sistema,
se arrastra en la lluvia,
tratando de preguntarle
al cielo
si tiene algun sentido
seguir ese camino que lo ha perdido.
hay un animal en una jaula,
que no entiende ese dolor,
que le atraviesa la cabeza,
no entiende qué son esos espasmos
que le hacen desear la muerte,
en su celda hay un animal
que no conoció la vida,
en una celda hay un animal
que abandonó la suerte.
existimos porque en algun lado alquien se acuerda de nosotros
emerge un monstruo de espinas y efectos venenosos al contacto con la lengua.
emerge de la oscuridad
sus labios babean una saliva azul, alucinogena.
el demonio maldito de los ojos verdes.
Apolo! el maricon de Apolo!
cuerpos que flotan sobre el abismo.
mi padre, mi hijo, mi amante, mi hermano.
la sangre nos une.
estamos destinados al abismo.
vamos! estamos destinados a dominar el abismo.
2 comentarios:
¡Prohijar al Abismito!
Sir Pier quiere saludarlo. Y desearle paz e integiencia.
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